Un gran príncipe está de vuelta

Un gran príncipe está de vuelta

Aunque la actualidad nos proporcione varios ejemplos de familias reales vueltas del exilio o del destierro, no busquéis entre ellas a aquél de quien vamos a hablar. Nuestro príncipe ni siquiera está evocado en los libros de historia profana. Él figura en los de historia religiosa, pero, desde hace siglos, su presencia crea un malestar evidente, como si estuviera demasiado desfasado con respecto a los criterios del hombre “normal”. Se trata de San José, a quien una mala hagiografía había desfigurado, pero al que la divina Providencia le otorga ahora un lugar de honor.

 

Como prueba de esta vuelta, basta con observar cómo se recurre a él como nombre para el bautismo y, sobre todo, constatar el interés actual por los libros que abordan su figura. Las razones de su “eclipse”, al menos desde el siglo de Bossuet, son el resultado de presupuestos gratuitos. Se le presentaba como un viejo canoso, pues era necesario que fuera virgen, y se creía que la castidad era difícilmente compatible con la juventud. Se le presentaba con frecuencia al margen de la vida social, lo que explicaría la vida oculta de Jesús. No se estaba lejos de verle como insignificante, ya que debía ser humilde como corresponde a un gran santo... Marido marginal y, encima,  padre simulado!

 

Ahora bien, el verdadero José no era éste; si no, la Iglesia no le habría reconocido como su Patrón, y no le habría presentado como modelo a todas las clases sociales, y en particular a los obreros. 

José,  flor y nata del linaje davídico 

 

Lo cierto es que San José era un príncipe, la  flor y nata del linaje de David, y que se comportaba con la misma dignidad que su ascendencia. Príncipe por la nobleza de su actitud frente al desasosiego en el que le sumergía el embarazo de su esposa; príncipe por dejar a otro sus proyectos matrimoniales y paternales; príncipe por el domino de sí mismo que se expresa al mismo tiempo en el respeto a un pacto de virginidad y al guardar secretos inverosímiles; príncipe frente a las graves decisiones que tuvo que tomar para salvar a los suyos... Todo esto, en una pequeña aldea donde todo el mundo se conocía, bajo la condición de un artesano, de la aureola social de su sangre y de la de su mujer (María, prima de un sacerdote)...

 

José no era “un hombre apartado” tal y como se le ha considerado. Al contrario, tenía un papel protagonista, hasta el punto de desviar  sobre él la atención que debía de recaer en Jesús, sirviéndole de coartada. En una época como la nuestra donde los vínculos sociales se dislocan por el culto irrefrenable al yo, en la que especialmente se borran, por este virus individualista, los lazos de la familia; el príncipe José ofrece un sólido punto de referencia y de anclaje a los que no quieren dejarse arrastrar por esta corriente.

 

José está de vuelta. Ya nos habíamos dado cuenta por el lugar que Nuestra Señora le reservaba en Fátima el 17 de octubre de 1917, desde en el momento de su majestuosa aparición: cerca de ella, su maravilloso esposo... Ella cubierta de sol, y él de un manto rojo, como corresponde a un príncipe. 

 

Padre Francis Volle, CPCR